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UNA MUESTRA MAESTRA

  • Cecilia Rodríguez Martínez
  • 13 abr 2017
  • 8 Min. de lectura

Érase una vez una maestra que daba clases en una escuela marginal de un país rico: “la pequeña Venecia”. Era una zona donde se mezclaban niños necesitados, producto de una mala planificación familiar, con niños pobres bien cuidados y niños hijos de pequeños y medianos comerciantes, y a los que se les podía llamar pudientes. Una realidad consecuencia del desequilibrio económico y social por la falta de vigilancia gubernamental, pero que se preparaba para cambiar porque en esos niños había ganas de evolucionar, tenían metas aspiracionales que les proporcionaba la educación.

Por la mañana, la maestra iba a la escuela con sus cinco hijos a cuesta. Durante el trayecto, algo más de media hora, se iban agregando otros niños y desde lejos ella parecía una mamá pata con docenas de crías. Algunas veces sus colegas la acercaban hasta la escuela en auto, otras, podía pagar el autobús, pero muchas otras llegaba cansada y llena de sudor.

Era apreciada por sus alumnos pobres, por los menos pobres y por los algo pudientes y también por los padres de estos porque se preocupaba no solo por darles clases sino también por educarles. Detectaba anomalías en el comportamiento de los niños, indagaba y descubría las causas que hacían que ese niño tuviera bajo rendimiento. Niños maltratados, mal nutridos, abusados. La llenaban de regalos y la mayoría valiosos: las sonrisas sinceras, los cálidos abrazos y el apoyo incondicional. Luchaba por ellos, se enfrentaba a quien quisiera oprimir su incipiente aprendizaje. No tenía miedo. Estaba llena de bríos.

Ella iba a contracorriente. Causaba tal impacto por defender al desvalido que, por eso, aquellos que preferían dirigir sus enseñanzas solo a esos niños pudientes, la rechazaban. Detestaba la hipocresía y los actos de infamia cuando en reuniones se burlaban de la precariedad de aquellos niños más necesitados. Era diferente porque utilizaba los recursos naturales para enseñar y movía a sus cuarenta alumnos fuera de las cavernas del aula de clases para mostrarles un mundo sin muros que ampliara su mente, sus expectativas y se llenaran de aspiraciones y de esperanza.

Huérfana de madre a los 12 años y de padre desconocido, solo llevaba con orgullo un solo apellido. Como toda huérfana indefensa, fue una niña maltratada, ignorada y vejada. Su singular personalidad la hacía ser querida por todos y odiada por cualquiera. Fue reina de belleza de su localidad por aclamación y apoyo popular donde ganaba quien mayor número de votos vendiera. Además fue siempre la mejor estudiante de su clase y formó parte activa de un partido de jóvenes revolucionarios. A los 17 lanzó un discurso en la capital y se codeó hasta con el presidente de la República.

Sin embargo, y como dijo Wiston Churchill: si de joven no eres revolucionario es que no tienes corazón y si de adulto no eres conservador es porque no tienes cerebro. Salió decepcionada del lenguaje político y de sus movimientos de intereses cuyas iniciativas se basan en amiguísimos y lucha de egos, todo menos resolver los conflictos. Decía que al pobre se le ayuda con dinero y con soluciones inteligentes siendo conscientes del alcance de cada quien, pero que es una lucha de todos, no solamente del gobernante. Adquirimos una responsabilidad una vez que nacemos. Como seres humanos tenemos deberes y derechos, pero, sobre todo, deberes. De eso se trata el instinto gregario: una mano lava a la otra y juntas limpian el cuerpo.

Por supuesto, era una adelantada a su época y por ello no encajaba en esa sociedad absurda y plástica que se empeñaba en tapar el sol un dedo. Tenía ilusiones, de hecho era una idealista realista, pero no vivía en una eterna fantasía. Sin saber, practicaba kenzen, una filosofía oriental donde el camino al bienestar se hace paso a paso, día a día y sin descanso.

Eso fue hace 30 años cuando ayudar al pobre no estaba de moda. Cuando la precariedad era un caso oculto y los marginados un fastidio. Era el tiempo donde se fraguaba la realidad que ahora oprime al pueblo de la pequeña Venecia.

Incapacitada para ejercer sus funciones de enseñanza por tanta carga se refugió en su fortaleza, una casa acorazada y bien pensada para los tiempos que vendrían a continuación. La muralla a prueba de muertos vivientes. Desde allí contempló la llegada del holocausto.

Cuando el gorila rojo asomó la cabeza con su ejército de aquellos niños pobres, esa maestra supo que había llegado la hora de la venganza y que lo que vendría sería un completo desastre. Odió con todas sus fuerzas a ese mequetrefe sacado de un cuento de terror e identificó rápidamente su ideología donde todo el mundo debía ser comúnmente pobre arrebatándole las ganancias a aquellos niños pudientes. Un militar resentido al mando era lo peor que ella jamás hubiera querido volver a vivir. Ella había pasado una dictadura en el decenio de los cincuenta por un represor de derechas, pero nunca como lo que se vaticinaba: el nacimiento de lo que denominaron socialismo del siglo XXI, es decir, la fractura de la economía, la política y, sobre todo, de los inestables valores morales, pero un mal necesario para que la sociedad baje las armas, por un bando del clasismo y por el otro del conformismo, pero a qué coste...

Por aquel entonces, los incipientes años de la actual dictadura estaban llenos de escarcha y ya se sabe lo que le pasa a la escarcha bajo 40ºC. Aquellos niños, que empezaban su juventud y que no se habían preparado para el futuro, tomaron el mando. De repente se vistieron con uniforme gubernamental y todo empezó. En dos años se graduaron de médicos y en tres ya tenían un provenir sin esfuerzo y, sobre todo, sin conocimientos. Había llegado el salvador de la patria para adoctrinarlos con la ideología del rencor. El redentor de los oprimidos fue el demagogo más charlatán que jamás había pisado la pequeña Venecia, pero un producto autóctono después de todo.

Lo más curioso es que al tiempo que sucedía la historia de aquellos niños con la maestra, el gorila rojo preparaba su plan repleto con las ideologías más desfasadas de la historia, parece que leyó tantos libros obsoletos de bibliotecas abandonadas como pudo. Mientras tanto, la sociedad pudiente bailaba y gozaba con ínfulas de grandeza imperial absoluta en Estados Unidos, Italia, Portugal, España, países árabes...hoy todos se preguntan: “por qué, Dios mío, por qué...”

A finales de 2013, el año de la mala suerte, murió la maestra. Pobre maestra pobre que se fue con la desesperanza en los ojos, con el llanto en la garganta y con el corazón reventado por la injusticia de la ignominia de su pobre país rico. No vio cumplidos sus anhelos porque aspiraba en un país carente de oxígeno.

La maestra dejó a sus cinco hijos desconcertados, y seguro que a los millones de alumnos a quienes se dedicó en cuerpo y alma desde los 17 hasta sus casi 60 años, también, porque este no era el mundo que ella les había prometido. Los dejó rotos porque se habían preparado para salir del barro, pero hoy, con tanta tormenta, estaban entre arenas movedizas. Sus aspiraciones de querer cambiar el mundo estaban en hermoso terreno baldío del que buscaban escapar sin saber si su esperanza se había dañado por el camino.

2013 fue un año de la mala suerte porque también murió el dictador. Demonio rojo de rasgos de indígenas medio mezclados con blanco y negro, de camisa blindada y con firma de alta costura que predicaba austeridad. Con una verruga en la frente y de nariz aguileña amaba tanto a los pobres y a la pobreza, que luchaba por mantenerlos, pobres y más pobres y a los que no lo eran, los hacia pobres y más pobres también, casi indigentes.

Expropió a aquellos niños menos pobres, a los pobres los hizo delincuentes y a los más pobres los utilizó como anzuelo, como escuderos del rey, aquellos que van en primera fila durante las batallas y los que primero mueren.

Tal como quiso, y hasta con rituales de magia negra, trató de emular al Libertador en su conquista del nuevo mundo, pero con la diferencia de que no solo lo infectó con su socialismo del siglo XXI, sino que lo condenó a muerte y todo por culpa del oro negro, el rencor y otros factores que no se han hecho públicos. Aunque, quizá lo que hizo fue dar un toque de fuego al arsenal pirotécnico que fraguaron los regímenes anteriores.

Fue un año de la mala suerte para la pequeña Venecia porque lo que llegó con la muerte del gorila rojo fue peor. Ya no solo se trataba de demagogia desmedida, malversación de fondos, tráfico de influencia o desfalco que caracterizaban también a los pasados gobiernos contemporáneos, ahora parece que llega el tiempo de una dictadura propia del Oriente Medio como Libia o Siria, donde se hostiga abiertamente a la población y se castiga al opositor con la cárcel y encima lo definen como la resistencia o los rebeldes. Pero, por suerte, tarde o temprano a cada dictadura invernal le llega una primavera espectacular...

Los países más prósperos son como las plazas donde hay grano, repletas de palomas. Esos países siempre estarán repletos de palomas porque ellas siempre irán donde más grano haya, pero se acabó el grano. Hoy el pueblo se alza porque el pueblo no tiene qué comer, así como tampoco tienen seguridad, empleo y menos dignidad. Así que las palomas intentan volar, pero el nefasto régimen estaba preparado para esto y les cortó las alas sin que se dieran cuenta. Ahora las palomas están atrapadas en una jaula paradisiaca, con la caída de agua más alta del mundo y con parajes únicos, casi prehistóricos, pero sin qué comer y con la desilusión en las venas.

Esta situación ha creado una bomba biológica y su explosión devastadora es solo cuestión de tiempo, porque matar a la población de hambre es una cosa, pero matar su esencia es factor detonante. Los malandros de cuello rojo se alzan y atacan a su población como si de rebeldes de la resistencia se tratara. La contra información del oficialismo ya no es la vía más óptima para que la comunidad internacional no tenga claro las causas del malestar social de la nación que fue por décadas ejemplo de estabilidad y democracia.

La ola de reclamos se refleja en forma de marchas multitudinarias, prácticas de una guerra civil. Sin embargo, no sé si sirva de mucho que los auto llamados líderes de la resistencia se fotografíen con personas altamente influyentes del "mundo libre" para hacerse virales o que la plasticidad de ese mundo de cartón aparezca en los medios digitales cuando no existe ni una sola medida ejecutable para acabar con el desastre y lo que hacen esos altamente influyentes sea captar votos o incluir un punto en las agendas de sus campañas políticas con un caso más de conflicto en países subdesarrollados. Estamos en guerra civil latente y es que ¿este pequeño paraíso no le duele a nadie?

Por otro lado, muchos de aquellos colegas quienes miraron hacia otro lado y se avergonzaban de la precariedad de aquellos niños, y que nunca se había implicado, hoy se mueven porque han visto tocados sus intereses, han sido expropiados, vejados, secuestrados, asesinados. Ahora ellos están donde estuvieron aquellos niños pobres y ahora es cuando más duele, pero ya no todo se cura con un selfie y miles de hashtag.

El pueblo es la calle y ya no hay vuelta atrás. El

colectivo artístico, icono del país, ha aterrizado con furia en las calles de la capital y también desde los núcleos internacionales, donde se ha refugiado, lanza su grito de apoyo a los ciudadanos que están en crisis humanitaria, pero la edificación de una nueva nación deberá venir del cese del clasicismo y el ostracismo, del fin de la explotación patronal y de la dictadura del proletariado, del desarrollo del instinto gregario donde una mano lava a la otra, como dijo la maestra, de la renuncia radical al rencor y y, sobre todo, de iniciar la lucha individual por cambiar nuestro pequeño mundo.

Esta es solo una muestra maestra de los miles de relatos basado en hechos reales. Cuando termine esta historia nuestro pequeño paraíso volverá a ser un lugar inspirador que produce soñadores.

Continuará...

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